Todo este paisaje surgió del mar, como una venus mineral cuya belleza aún reposa tendida a lo largo de sus playas. Lleva en su piel tatuada una mitología anterior a las mitologías, un magma primigenio, un rugido de volcanes submarinos que se fueron elevando durante siete millones de años de años y que llevan otros tantos sucumbiendo al silencio y la erosión.

Sobre esta tierra emergida y hoy reseca, cuyos gastados caminos se bifurcan entre el polvo hacia infinitos conceptos de un mismo desierto, sobre un lecho mágico de dunas fósiles y arrecifes de sirenas, y sobre las huellas mismas de una estirpe de escarabajos milenarios que sortean chumberas y pitacos caídos, quieren ahora abrir un hotel que podría arrancar de cuajo toda esta poesía.

Hace poco más de dos meses saltó la noticia. El grupo inmobiliario Playas y Cortijos –el nombre lo dice todo- quiere reconvertir el cortijo Las Chiqueras, también conocido como la fábrica de crin, en un resort de 4 estrellas, con 30 habitaciones, piscina y unas vistas a la bahía de Los Genoveses que quitan el hipo y hacen asomar el colmillo a cualquier especulador.

DOÑA PAKYTA

Y ahí está la clave: el “especulador” es el de siempre. La misma familia de siempre, la de Francisca Díaz Torres, doña Pakyta, dueña de 3.500 hectáreas de este paraíso inmerso en pleno Parque Natural del Cabo de Gata y que en 2010 fue nombrada Hija Predilecta de Andalucía por ser pionera del turismo sostenible. Sí, así como se lee. Parece una contradicción, pero no lo es. Voy a intentar explicarlo, aunque ya adelanto que a sus herederos se les empieza a ver la hipocresía de la sostenibilidad por la ladera de un monte, por un chiringuito con truco, por un proyecto de viviendas con centro comercial a las puertas del camino de tierra y por unos eventos que debería prohibir la Junta de puro horteras que son.

A su favor, diré que doña Pakyta se pasó sus 103 años de vida -murió en 2014- defendiendo su paradisiaco latifundio del cemento arrasador. Y eso hay que reconocérselo. A ella y a su marido, José González Montoya, fallecido en 1976, les debemos, por ejemplo, que se desviara el trazado de la autovía del Mediterráneo a su paso por la zona, que impusiera condiciones de edificabilidad en la venta de sus fincas en San José para que la aldea no terminara como Roquetas de Mar, y revitalizó viejos cortijos creando métodos de agricultura y ganadería sostenible, como la recuperación de la cabra celtibérica blanca, de la que poseen mil cabezas; todo un contraste si uno se fija en ese otro mar de plástico que rodea el parque natural y bajo el que crecen las frutas y verduras que se comen en media Europa.

LOS PAKYTOS

Antes de fallecer, doña Pakyta creó junto a sus sobrinos, los Torres y Gonzalez Díaz, el grupo Playas y Cortijos, asumiendo la presidencia de honor. Y aquí empezamos ya hablar de la otra sostenibilidad: la de la herencia de los sobrinos y la gestión de la misma.

Restaurante del hotel Doña Pakyta

El grupo Playas y Cortijos cuenta, entre otras propiedades, con el hotel Doña Pakyta, antes llamado hotel San José –el del mítico loro de la entrada, que casi era un confidente para muchos redactores de interviú-; el también hotel y centro hípico Cortijo El Sotillo, en la entrada del pueblo, y la Finca El Romeral, la de las 3.500 hectáreas, donde se encuentra el polémico cortijo que también quieren reconvertir en hotel.

EL TRUCO DEL CHIRINGUITO

Empezaron por abrir un restaurante-terraza, hace ya unos buenos años. Y ahí sigue funcionando. Se llama la Fábrica de Genoveses y se encuentra en el mismo cortijo donde irá el hotel, a 900 metros de la playa. ¿El truco? Que es el único sitio donde se puede tomar algo sin salir de la bahía de Genoveses, ya sea andando o en coche. Habida cuenta de las restricciones estivales que hay en el parque para el tráfico rodado, tener el único sitio donde ofrecer cerveza fresca y comida aceptable a los bañistas de Mónsul, Barronal y Genoveses es una garantía absoluta de éxito. Y con la seguridad añadida de que jamás tendrás competencia, pues el resto de la inmensa finca es tuyo. Un buen negocio monopolizado. Lo resumo en un comentario que he leído en internet: «Buena comida y precios caros, se aprovechan un poco de la situación». Solo un poco, ejem. Por si fuera poco, tienen otro as en la manga: los terrenos donde termina el pueblo de San José y empieza el camino de tierra hacia Genoveses, justo al lado de la barrera de seguridad. Ahí quieren construir los Torres-González Díaz 6 viviendas y un centro comercial de unos 300 metros cuadrados. Por si vuelves cansado del día de playa y te apetece comprar cervezas y agua para el apartamento.

Foto de la web www.playasycortijos.com

LA HORTERADA

Seguimos en el chiringuito. Como lo de las cervecitas y el cabrito –de su cabaña, eso sí- se quedaba corto, debieron pensar que por qué no se podían dar banquetes de boda. “Nuestra terraza para aperitivos recuerda a la plaza de un pueblo típico andaluz y dispone de luces de colores para hacer el momento más mágico”, cuentan los Torres-González Díaz en su página web. Y acompañan el enlace de “Eventos” con fotos como esta:

www.plasyasycoritjos.com

O sea, eso que ahora se llama “wedding planners” y que no es más que la organización hortera de bodorrios al más puro estilo americano. Que también les reporta su buen dinero a los “pakytos chocolateros”. Os enseño una foto de “la boda de Chus y Mery” que tiene colgada una empresa de estas de “horter-wedding”:

La boda de Chus y Mery www.visualbolog.com

Solo por comparar, diré que una mañana de febrero de hace treinta años sellé mi amor con Yolanda en esa misma bahía, sin más boato ni más lujo que el de estar desnudos sobre la tierra desnuda, con la única compañía de una botella de Ramón Bilbao refrescándose en una grieta de la duna fósil. A la vista está que la cosa funcionó.

REPTANDO POR LA LADERA

Pero hay otro detalle de los cortijeros latifundistas que no hay que pasar por alto. O sí, pues está precisamente en lo alto del Cerro Gordo -así se llama la última calle de San José. Es el monte que separa San José de la playa de Genoveses. Ahí, desde hace unos años, se han ido construyendo casas –seguro que legalmente, no lo niego- de tal manera que algunas de ellas ya se asoman a la bahía, rompiendo el encanto del antiguo paisaje sin construcciones que se veía desde la duna fósil, por ejemplo:

Esas casitas que se ven al fondo es el pueblo de San José asomándose a Genoveses. La foto es mía

“Suelo para promotores”, lo llaman los sobrinos de doña Pakyta en su página web, y dejan muy claro lo que están vendiendo:   “Espectacular terreno en San José – Almería con inigualables vistas a Los Genoveses. Dispone de 810 m2 ideales para 4 viviendas”. Insisto, será legal y tendrá todas las bendiciones del ayuntamiento de Níjar, pero la sostenibilidad paisajística se la están pasando por el cerro de los cojones.

EL FUTURO HOTEL

E igual ocurre con el futuro hotel. Se están basando en todos los resquicios legales para poder abrirlo. Ya lo intentaron en 2016, y se lo tumbaron. Ahora han rectificado algunas cosas sobre plano, como el tamaño del futuro aparcamiento, y lo están intentando de nuevo. Salvo que en esta ocasión tienen enfrente a todos los grupos ecologistas y al firmante de este blog, que espera haber aportado su granito de arena para que paren esta vergüenza.

Porque el auténtico peligro no está ya en este hotel en concreto. Como aseguran en la Asociación de Amigos del Parque Natural Cabo de Gata-Nijar, con quienes tan a gusto trabajé en mis años de interviú, “lo peor es que si lo abren, vendrán detrás los demás cortijos de la zona”.

En estos más de treinta años que llevo frecuentando el parque he visto erosionarse muchos paisajes y muchos sueños. El de poder seguir denunciando estas barbaridades en una revista como interviú es uno de esos sueños que se fue a pique. Me da rabia. La última vez que estuve por Cabo de Gata aún miraba con el ojo torcido cualquier desmán urbanístico para poder denunciarlo en el mítico semanario hoy desaparecido. E incluso me dejé la piel para inculcarle estos valores y esta forma de buscar noticias a una compañera que entonces estaba empezando en esto. No sé si valió para algo, salvo para ver que a veces tampoco se urbaniza legalmente en la ladera de los sentimientos. Pero esa es otra, muy triste, historia.