Ha logrado el ubetense David Uclés hacernos viajar por la desgarrada España de la guerra civil aplicándole a la historia una pátina de realismo mágico. Y ni aún así deja de ser trágico el resultado. Diría incluso que esta otra mirada expresionista de la contienda –sorprendente y plausible- que nos aporta Uclés en ‘La península de las casas vacías’ (Siruela, 2024), funciona como una lupa, o como un caleidoscopio, de las brutalidades cometidas por los ‘hunos’ y los ‘hotros’, en su peculiar forma de nombrar a los dos bandos.

En mi vida de periodista he trabajado en varias ocasiones el tema de la guerra civil: desde un libro escrito en la época de universitario –firmado con varios compañeros de facultad- sobre la contienda vista a través del diario ‘El Socialista’; varios reportajes sobre los últimos días de Lorca –recuerdo con orgullo una entrevista que realicé a Ian Gibson-, e incluso unos fascículos que publicó interviú con fotos inéditas de la contienda en los que tuve que resumir aquel funesto trienio a través de sus más destacadas batallas. Fue una cronología del terror muy parecida a la que recorre Uclés en esta novela, donde lo mágico, insisto, no hace más que resaltar lo trágico de aquella historia.

Leo que el autor ha empleado quince años en documentarse, y que para ello ha fatigado –como diría Borges- más de cincuenta mil kilómetros de aceras, edificios, caminos, cementerios y cunetas de Iberia, esa España de Uclés en la que también late saramagamente Portugal.

Pero tampoco es cuestión de elevar esta novela a los altares quijotescos de la narrativa, como pretenden algunos, por más que Odisto, el protagonista, bien pudiera apellidarse Quijano o Buendía, y no Ardolento. O Arlodento. Eso solo lo saben, o lo supieron, los funcionarios del Registro Civil de Jándula, tan etéreos como los reales.

El Macondo jienense

Quesada (Jaén)

¿Es Jándula un nuevo Macondo? Jándula es Quesada, una Aracataca jienense a la que dan ganas de hacer una visita. Mucho me temo que ya se me han adelantado no pocos y pocas litera-turistas, como veo que ya hecho mi amiga y compañera de colegio Paz, cuyos pasos sigo por Instagram.

Descubro, por Uclés, que Quesada fue la tierra natal de Josefina Manresa, la mujer y musa de Miguel Hernández y, también, cuna de Rafael Zabaleta, pintor expresionista de marcada influencia picassiana a quien he empezado a admirar desde la misma portada del libro. Juega el autor a darle una hija al artista, que no existió, pero encuentro válida la licencia, puestos a dotar de magia a un pueblo y a una historia que te saca más de una sonrisa y te rescata, con amargura y rabia, las durísimas vivencias de lo que fue la guerra civil en los pueblos olvidados de la península. Vuelvo a Zabaleta: muy notable su obra post-cubista. Quizá otro motivo para una próxima excursión a Quesada sea la visita a los museos Zabaleta y Miguel Hernández-Josefina Manresa.

Enredado con las palabras

Hay otro aspecto que no quiero dejar de comentar: la exquisitez léxica de la novela. Recuerdo haber leído magníficas obras como ‘En la casa del padre’, de Caballero Bonald, o ‘Gran Sol’, de Ignacio Aldecoa, en las que no paré de levantarme a consultar el diccionario. Eran tiempos analógicos aquellos y no tenía la facilidad, como ahora, de tirar de móvil desde el sillón y buscar en la página web de la RAE el significado de cualquier palabra, que es lo que he tenido que hacer con Uclés en numerosas ocasiones.

Primero de los seis tomos del ‘Corominas’, una joya de la etimología castellana e hispánica.

Pero me he topado, al menos, con dos curiosas excepciones. Por ejemplo, pone en boca del tío Felipe –hermano del protagonista- que su hijo “se ha zampao una cuarta de la barja de ensalada gitana”. Como quiera que el DRAE no recoge la entrada ‘barja’, he tenido que levantarme y recurrir a la colección de diccionarios que guardo como ajadas joyas en mi biblioteca. Es curioso: ‘barja’ no aparece ni en el María Moliner, ni en el Casares, ni en el Seco (Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos), ni tampoco en los etimológicos de Covarrubias y de Autoridades. Pero ¡oh, sorpresa!, sí que la incluye mi carísimo –valgan las dos acepciones- Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico de Joan Corominas: remite ‘barja’ y ‘barjola’ a la entrada ‘barjuleta’, y dentro de ella cita ‘barja’ como voz murciana y andaluza que significa “cesto de esparto para llevar la comida”. ¡Y pensar que estos libros ya solo valen por su peso!

Otra palabra con la que me he enredado es “chuza”, a la que convierte Uclés en una planta con poderes anestésicos. Tampoco figura en el DRAE con el significado que da el autor, ni en ningún otro de mis diccionarios.

Tras buscarlo en Google, doy al final con un estudio publicado en mayo de 2025 por la Universitat Jaume I, obra de Verónica Ripoll y Elios Mendieta: ‘El habla neorrural en la literatura española. Recuperación y afectividad por el lenguaje del entorno rural en las obras de María Sánchez y Andrea Abreu’. En el trabajo no solo hablan de las escritoras cordobesa y canaria. También citan al autor jienense: “… Pero son más los términos recogidos por Uclés que tienen relación con lo rural. El autor no solo menciona plantas comunes como la azucena o el nomeolvides, sino que también rescata especies autóctonas como la chuza, una flor que enfría lo que toca y que se empleaba en medicina tradicional como anestésico”. Especie autóctona, dicen. Consulto el ‘Dioscórides renovado’, el imprescindible libro sobre plantas medicinales de Pío Font Quer, y no hay nada que se aproxime a la voz “chuza”. No conforme con ello –y como quiera que aún me corre algo de sangre periodística por las venas- escribo un email a la Asociación Botánica y Micológica de Jaén, cuyos responsables me contestan con mucha cordialidad que lo lamentan, pero que desconocen “totalmente ese término. Puede que sea novelísticamente inventado o que se utilice o, quizás más seguro, se haya utilizado en un grupo de población muy estrecho. Le sugerimos que trate de ponerse en contacto con el escritor”.

Y en esas ando. A la espera estoy de poder conocer en persona a David Uclés y preguntarle por la dichosa chuza, para que me confirme si existe o ha existido alguna vez esa planta que enfría lo que toca, o simplemente es fruto, o flor, de su abonada y admirable imaginación. Los micobotánicos jienenses me han pedido que les mantenga informados, y así lo haré. Prometo asimismo actualizar este post si logro algún avance en la investigación.

Hubiera querido, para finalizar, destacar cuánto de novedad literaria y cuánto de viejos recursos narrativos contiene este libro. Y a punto he estado de hacerlo si no fuera porque me he topado con estas acertadas palabras del crítico literario Jorge Burón, que bien valen para dejar catalogado el libro de Uclés:

“La fusión de un casticismo mesetario (más cercano a Delibes que al realismo social de la generación del 50) con notas disonantes de realismo mágico (cuya cumbre ya se alcanzó en 1967) y voces campesinas de ultratumba (a la Rulfo), así como incursiones irónicas del narrador-autor (al modo de la nivola unamunesca), más el pastiche posmoderno del capítulo 29: partida de ajedrez transcrita-táctica interna franquista, o del 93: puntos como disparos (que Dos Passos, Perec, Cortázar o Pynchon ya liquidaron), son los recursos más innovadores de esta novela”. Y aun siendo cierto todo esto, me ha gustado.